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martes, 11 de diciembre de 2012

Padre, Travesti, Arquitecta y Docente



La fuerza del deseo. Un hombre que estuvo en pareja con una mujer durante 27 años sintió la necesidad de transformar su cuerpo y su sensibilidad hacia lo femenino, pero sin perder la profesión ni la relación con sus hijos.



Foto Clarín

Yo soy ahora.

Cuando miro una foto vieja, no sé quién es esa persona que se supone que era. Eso me encanta. Sería terrible que me reconociera en ese hombre, porque como tal fui muy infeliz. En cambio, desde que me descubrí sintiendo como una mujer, el dolor desapareció.

Sé que es muy raro, pero hace unos años nací de nuevo. Hasta 2001, estaba casado y llevaba una vida “normal” en Rosario, con mi ex mujer y mis tres hijos. La crisis argentina de esa época hizo que, como arquitecto, me quedara con un solo cliente para el cual yo estaba construyendo un shopping en Resistencia (Chaco). Me dediqué a ese trabajo con exclusividad porque pagaba muy bien. Era una oportunidad real de mantener a mi familia, en un momento en que nadie tenía trabajo. Me iba de Rosario el lunes a la noche y volvía el domingo. Ese ritmo duró cuatro años y profundizó la distancia de mi ex mujer con la que, no obstante, siempre tuve muy buena relación. Hacia 2004, con Claudia manteníamos un vínculo meramente formal, de un enorme cariño pero nada más. Lo atribuíamos a los años que hacía que estábamos juntos, 27 contando los de noviazgo.

En esa época, me sentía muy mal, no sabía lo que me pasaba, sufría una angustia enorme. Resolví no seguir viviendo así y nos separamos. No fue hasta dos años más tarde que descubrí el mundo travestido.

Antes de separarme, pesaba casi 100 kilos, fumaba mucho y tomaba bastante alcohol. Era un bebedor social, por lo que jamás descuidé a mi familia ni mis obligaciones, pero tuve un problema respiratorio importante que representó un quiebre. Una llamada destinada a hacerme reflexionar sobre cosas que yo escondía detrás del alcohol y el cigarrillo. Los dejé por completo y empecé un régimen estricto con el que bajé 20 kilos. Durante dos años, sentí cómo mi cuerpo se iba purificando y dejando atrás lo que me hacía daño.

Quizá porque durante ese período estuve sola, comenzaron a aflorar de manera insistente algunos episodios de mi adolescencia. Por ejemplo, recordaba el cariño especial hacia un compañero de la escuela o la vez que, a los 15 años, un hombre me buscó y casi se produjo un encuentro sexual pero me sentí tan mal que lo evité. La época alentaba la represión: dictadura militar y una formación católica ortodoxa frente a la que cualquier fantasía se me representaba como un gran pecado mortal. También recordé que me gustaba una chica que tenía un hermano mellizo; yo sentía atracción por los dos. En esos episodios que nunca fueron consumados, había una clave. Pero me habían hecho sufrir y llorar tanto que los tapé como si nunca hubieran existido. Hasta que reaparecieron.

Empecé a frecuentar boliches gay. Lo curioso es que en ningún momento me salió ser varón y gay. Iba a ver los shows, empecé a tener amigas travestis. Al principio, el papel masculino lo jugaba yo de manera muy light porque tampoco era eso lo que quería. A las chicas las veía como amigas, me interesaba cómo se pintaban o se vestían, como cuando las mujeres miran a otra y dicen qué hermosa, qué lindas piernas, qué buena ropa. El hombre ve lo mismo pero tiene otra actitud, de conquista. Yo, en cambio, me acercaba a las chicas para imitarlas. Tardé en darme cuenta de que mi deseo era ser como ellas. Cuando lo acepté, empezó la transformación.

Pasaron cerca de dos años hasta que inicié el cambio. Para la gente de esos lugares, yo era una rareza. Ellos te ponen una etiqueta: sos la profesora, la maestra, la abogada, y para mí no había ninguna. O sí, la extraña. Eran jóvenes de la edad de mis hijos y estaban desconcertados al ver una persona grande incursionando en ese ámbito.Las chicas travestis también se sorprendieron mucho, porque a la edad en que yo empecé a cambiar, ellas se jubilan. Enseguida tuvieron la mejor disposición: me enseñaron a maquillarme y a comprarme ropa. Fundamentalmente, una de ellas: Valeria, que ya consiguió su documento, es mujer desde los 15 años y tiene otra fisonomía, no como yo que soy corpulenta.

Foto Clarín
El cambio fue muy gradual. Tuve un período muy ambiguo hasta llegar a la vestimenta femenina. Hoy, a los 55, no recuerdo una fecha ni un momento preciso en el que haya salido vestida de mujer. Antes fui ensayando la postura, lo gestual, la manera de caminar. Aunque todavía no tengo una carga hormonal femenina mayor que la masculina, mi cuerpo se fue adaptando a usar corpiño y bombacha. Eso me hizo cambiar la postura y la manera de   moverme. Todo esto lleva mucho tiempo. Me acuerdo de cuánto me costaba usar tacos, empecé por los más bajitos y fui subiendo hasta ponerme unos altísimos. Ahora no me los saco.

Cuando me separé, vine a vivir a la casa de mi madre, como hombre. Ella fue testigo de mi proceso hasta que la transformación se hizo evidente. Mi madre es muy reservada, sobria, profesional, con una crianza muy rígida; la sexualidad para ella no es un tema que deba ventilarse. Una sola vez tocó el tema y yo le planteé que si era una molestia, me retiraba, pero ella me dijo “vos sos mi hijo y te quedás”. Desde ese momento, me aceptó y paulatinamente todo empezó a marchar mejor.

Yo me sentía de una manera y así me iba presentando. No podía cambiar de un día para otro. En la Facultad, donde soy docente por concurso de Análisis Proyectual II y de Expresión Gráfica, hay colegas que me conocen desde hace 25 años. Para dar clases, al principio usaba una ropa ambigua que iba cambiando por otra más audaz y definida. Llamaba la atención y lo tomaban medio en risa medio en serio pero jamás tuve el menor problema en la Universidad: es un ámbito de tolerancia y de crecimiento personal e intelectual en una de las ciudades del país más libres en este sentido. Desde hace tres años, doy clases en la Facultad completamente vestida de mujer.

En cuanto a mi familia, con Claudia tuvimos tres hijos: Juan Ignacio, Santiago y Bárbara. Mi hija me demostró enseguida comprensión e identificación, quizá porque es mujer. También restableció el nexo entre los dos varones y yo, en la época en que a ellos se les hacía más difícil aceptar lo que estaba ocurriendo. Sé que les dijo “Papá y mamá nos han enseñado libertad, tolerancia, a ser buena gente y amigos de todos. Si ustedes van a discriminar a papá por lo que es ahora, entonces están yendo en contra de lo que nos enseñaron”. Ha sido muy convincente porque los varones entendieron y hace un año que lo viven como algo definitivo.

Los domingos a la noche nos reunimos todos y ellos vienen con sus novias.

Los recibo con minifalda o vestido y generalmente maquillada porque así soy yo ahora. Todos me dicen papá. Eso no puede cambiar; sería un horror pedirles a mis hijos que me traten de otra manera.

Papá es travesti, pero sigue siendo papá. Si ellos necesitan una ayuda o enfrentar alguna situación conflictiva, yo me comporto como un papá desde todo punto de vista. Jamás voy a renegar de eso porque mis hijos son lo más importante de mi vida.

En esta nueva vida, quedaron atrás muchos amigos que se alejaron. Allá ellos con sus conciencias y decisiones. Yo no obligo a nadie a entenderme.

Fue en el ámbito laboral donde me he visto más afectada. Siempre he tenido una empresa constructora, además del estudio de arquitectura. Muchos clientes antiguos dejaron de traerme obras, preocupados por el qué dirán o por mi apariencia. Mi clientela se redujo en un 70%. Nada de eso me preocupa porque estoy muy tranquila conmigo. Curiosamente, los gremios de la construcción, que no son nada sencillos, tampoco mostraron mala actitud. A la obra voy con ropa femenina más adecuada, de batalla: una pollera de jean o un vestido más largo porque me resulta cómodo. Me miran en silencio y a veces se ponen un poquito más cabeza dura que antes, pero siempre llegamos a un acuerdo porque me respetan mucho a nivel profesional.

Como disfruto de una sensibilidad nueva, puedo interpretar y entender cosas que un hombre o una mujer común jamás podrían. Incluso, asumo actitudes que antes me eran ajenas como la delicadeza y el pudor. Para mí significan una evolución como persona. Eso también se refleja en mis proyectos. Mis producciones anteriores eran mucho más duras, de líneas rectas. Ahora noto que se han vuelto flexibles y plásticas. Recurro más a las formas espiraladas y tiendo hacia lo simple. Al haberme liberado, todo es más suelto, más redondo, más amable.

Mi visión se ha vuelto femenina sobre muchas cosas que antes no advertía: una sociedad muy machista, centrada en los derechos del hombre, donde la mujer gana menos desempeñando las mismas tareas y es poco respetada en sus decisiones. Cuando pesaba 100 kilos y usaba bigote, iba a un taller mecánico y me arreglaban el auto inmediatamente. Ahora en el mismo taller, me hacen reventar antes de arreglármelo y me tratan como si no entendiera nada.

El nombre de Canela me lo eligieron pero fue como un reencuentro. En el jardín de infantes estaba enamorado de mi maestra que se parecía mucho a Canela, la conductora de televisión. Cuando empecé a cambiar de aspecto, mi amiga travesti me dijo que me veía igual a ella. En ese momento me acordé de aquellos sentimientos y lo adopté inmediatamente.

En mi documento todavía figuro como Ajax Hugo Grandi Mallarini. Hasta hace un tiempo no me molestaba, era parte de mi pasado, pero ahora no me gusta ni me siento bien cuando alguien me llama Ajax. Enseguida lo aclaro y digo que mi nombre es Canela. Así como hay mucha gente buena, algunos lo toman en sorna sin imaginar el proceso que hay detrás de semejante decisión.

Hace semanas inicié la terapia hormonal, así que todavía no puedo hablar sobre sus resultados. Es muy paulatina y poco agresiva porque soy una persona grande. Quisiera una transformación lo más completa posible en el lapso que determinen mi cuerpo y mi salud. En cuanto a las intervenciones quirúrgicas, me animo a unas prótesis y nada más porque no me quiero morir en una sala de operaciones. No tengo edad para intentar algo tan arriesgado, me da mucho temor y tampoco sé si es lo que quiero. Me depilo con láser y trato de mejorar mi piel para verme más femenina cada día. También espero que la voz se me vuelva más aguda. Practico bajar una octava mi tono, algo que me es muy difícil porque tengo la voz gruesa, de barítono. Cuando hablo por teléfono, todavía me dicen “Sí, señor”.

Mi sueño es viajar por el mundo con un hombre, un hombre cabal. Hasta ahora nunca tuve una pareja como travesti, sólo un amigo bastante menor con el que íbamos a bailar. No sé si es fácil tener una relación estable, algunas amigas travestis tienen sus novios y es muy lindo verlos, pero son más jóvenes.

Me siento una mujer, aunque está claro que no lo soy ni voy a llegar a serlo, ni siquiera con cirugía. Si tuviera que definirme, diría que soy de otro género: una chica travesti, en transición. Eso es lo que en verdad soy.

He logrado vivir en paz y me da mucha satisfacción ver que la sociedad argentina ha cambiado tanto. Para mí este momento es una continuación de los sesenta, una época en la que pasaban cosas maravillosas, y ahora también. Les confieso que actuar de acuerdo con los sentimientos es una conquista extraordinaria, aunque sea difícil y demande un gran coraje. Desde que soy travesti, no he vuelto a ser desdichada. Y ahora, cuando lloro, mis lágrimas son de emoción, de alegría y de comprensión, ya no de dolor.

:: Clarín 


Nexo Asociación Civil

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